6 de noviembre de 2009

ESTADO CRÍTICO

(* Paz. Delacroix, 1852)

Desde el Código de Hamurabi hasta el último libro del analista político del momento, encontramos descripciones del origen y propósito del estado. No quiero ser superficial ni pretenciosa al tocar un tema tan amplio en unos pocos párrafos; lo que sucede es que últimamente he escuchado mucho sobre la decadencia e ineficacia del gobierno, y creo que como hijas de Dios no debemos estar ajenas al tema, al contrario, podemos prepararnos para aportar una perspectiva bíblica sobre este asunto –como de todos los temas de la vida.

De acuerdo con la Biblia, el gobierno humano es necesario, pues hace posible cierto orden.

Éstas son las tareas de la autoridad que Pablo señala en Romanos 13:

V3. “Para infundir temor al malo”

V4a. “…es servidor de Dios para tu bien”

V4b. “lleva la espada (símbolo de justicia) para castigar al que hace lo malo”

V6. Reciben los tributos (recursos que deben administrar para llevar a cabo lo anterior)

El cumplimiento de lo anterior, trae como consecuencia justicia y bienestar.

Como cristianas, es nuestro deber de orar por nuestros gobernantes para que sean capaces de llevar a cabo estas tareas, por eso es bueno que estemos enteradas de los asuntos del estado, pues podremos saber la necesidad específica por la que debemos pedir. Claro que nuestra responsabilidad no se limita a la oración, también abarca el comportamiento cívico, pero abordaré ese tema en otro momento.

Leamos Mateo. 22:15-21.

Cuando Jesús estuvo en el mundo, no luchó por derrocar un sistema de gobierno, sabía que el problema no es el sistema de gobierno, sino la naturaleza humana.

Y es que por ningún sistema humano es perfecto, y menos aun si sus dirigentes son crueles, egoístas, injustos, en resumen, personas sin temor de Dios; en cambio, un sistema dirigido por gente temerosa de Dios, es decir, que rechaza la mentira, la corrupción y otras prácticas nocivas, y que procura obrar con justicia, buscando el bien del prójimo, tanto gobernantes como gobernados serán beneficiados.

Ninguna revolución armada ha derivado en un estado de permanente bonanza. El cambio tiene que ser en una esfera mucho más profunda.

La revolución más trascendente y radical, es la que hace Jesús en la vida del que cree en Él.

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