23 de octubre de 2009

LA BASE DEL ÉXITO MATRIMONIAL

(Sisley y su mujer. Renoir, 1868)

Infelicidad, insatisfacción y conflicto son palabras que están en la realidad conyugal de muchos. Oímos de hombres que son machos insensibles que oprimen a la mujer y mujeres que han olvidado su femineidad y están orgullosas de desempeñar el rol masculino.

Ésto no es nuevo, a lo largo de la historia ha habido machismo y feminismo en este mundo. Hombres y mujeres egoístas viendo cada uno por lo suyo y peleando por hacer valer sus intereses sobre los de otros. ¿Cómo impedir que estas tendencias afecten nuestra unión?


Dios dice en Su Palabra que el origen de este conflicto entre el hombre y la mujer es el pecado (Génesis 3), por ello, la única manera de vencerlo y vivir en la plenitud que Dios planeó para el matrimonio, es que los cónyuges reciban el regalo de la salvación de Dios, y permitan que sus vidas sean transformadas. Sólo así podremos obedecer, por ejemplo, la instrucción de Dios de amarnos unos a otros como Él nos ha amado, esto no da lugar al egoísmo y por tanto nos permite poner las necesidades de nuestro cónyuge antes que las propias.

En otras palabras, la única cosa en la que se puede fundar y sustentar la felicidad y el éxito matrimonial, es andar en el Espíritu, entendido ésto no como la experiencia de un momento de éxtasis místico, sino como el vivir bajo el control del Espíritu Santo obedeciendo la Palabra de Dios. Este andar se manifiesta en un gozo que nos lleva a alabar a Dios, en un corazón agradecido y una mutua sumisión (Efesios 5:18-21).

Pueden leerse muchos libros que nos informen sobre herramientas para tener un buen matrimonio, sobre la importancia de una buena comunicación, del romanticismo y muchas otras cosas que, si bien son importantes, no nos confundamos, nunca serán un sustituto de la única base firme para el éxito matrimonial. Si queremos que nuestra relación sea todo lo que Dios diseñó que fuera, debemos considerar lo que Él dice acerca del origen del problema y su solución. No nos conformemos con mejorar ciertas áreas de nuestra relación para hacerla llevadera cuando podemos vivir en la plenitud de la experiencia matrimonial.

No quiero implicar que no vaya a haber desacuerdos, pero cuando estamos en esa relación de amor y sumisión a Dios, los buscaremos resolver sabia y amorosamente.

Lo más importante para tener la bendición de un matrimonio dichoso y satisfactorio no son nuestras circunstancias sino nuestra relación con Dios, pues es en el hogar donde sale a relucir el verdadero carácter y la madurez o inmadurez espiritual, es allí donde más se convive con otra persona en toda clase de situaciones, es decir, es en el hogar donde vivimos nuestro cristianismo.


Si como pareja procuramos obedecer Su palabra, nuestro matrimonio será una diaria experiencia de gozo, plenitud y mutua edificación.

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