17 de julio de 2009

¿QUIÉN TIENE EL CONTROL?




A veces se hace hincapié en que la mujer no trate de controlar en el matrimonio, pero he observado que el querer tener el control no es cuestión de género sino de naturaleza: A los seres humanos nos gusta hacer las cosas a nuestra manera.

Una vez mi amado y yo estábamos platicando de cómo ayudar a un pareja de recién casados que se habían acercado a nosotros buscando consejo, pues atravesaba por uno de esos primeros desacuerdos en su matrimonio, cuando de pronto mi esposo me hizo esta observación: “¿Sabes? El problema no es que ella quiera tener el control, el problema es que AMBOS QUIEREN CONTROLAR EL MATRIMINIO, cuando la voluntad de Dios es que el matrimonio funcione bajo Su control”. 1 Co. 11:3.

Cambió totalmente mi punto de vista y me puso a pensar en el énfasis sobre el deseo de control de la mujer cuando en realidad ¡tampoco es bueno que el hombre quiera controlar!


No pretendo justificar las actitudes incorrectas de ninguna de las partes, sino el mostrar algunas de las posibles consecuencias de querer tomar el lugar que le corresponde sólo a Dios en nuestro matrimonio.

Cuando el esposo ve a su esposa como rival por el control y actúa a la defensiva queriendo aventajarla en regir la relación, creerá que el propósito de las opiniones y consejos de ella es atacarlo o manipularlo a su antojo para salirse con la suya, por lo que no la tomará en cuenta. Si el esposo no valora o desacredita la opinión de su esposa, ella se sentirá menospreciada y reaccionará con rebeldía.

No es que el esposo tenga, entonces, que estar de acuerdo en todo lo que su mujer le diga. Se trata más bien de que la escuche con un corazón atento y discierna si Dios le está mostrando algo a través de lo que le dice su esposa. El esposo no debería imponer su opinión como la última palabra sin haber buscado juntos la dirección de Dios.

Por otra parte, cuando el esposo ha fallado en algún área, la esposa puede caer en usar estos errores como prueba de la incapacidad de él para decidir correctamente, hacerlo sentir culpable y querer entonces hacer las cosas a su manera.

Si nos damos cuenta de las debilidades de nuestro esposo, que no sea para usarlas a nuestro favor, sino para orar por él y, de ser posible, ayudarlo de manera sabia.

Dejemos el orgullo y no culpemos a nuestra pareja por los problemas.

Lo mejor que podemos hacer es buscar juntos, en unidad, la dirección de Dios y obedecerla.

No hay comentarios: